Sobre 1.000 litros/ha se considera volumen alto; 500 a 1.000, volumen medio; bajo, entre 200 y 500; muy bajo, de 50 a 200, y ultra bajo volumen menos de 50 l/ha. Existen razones técnicas, agronómicas, ambientales, de mano de obra y económicas para preferir aplicaciones con volúmenes bajos:

 En primer lugar, la aplicación con bajo volumen es más rápida. Se ahorra tiempo porque, aunque la velocidad de desplazamiento no cambia, se necesita ir menos veces a cargar el estanque. Un tratamiento aplicado en menor tiempo incide en un mejor resultado sobre la plaga. Por ejemplo, si la recomendación técnica es controlar cuando se detectan 10 ninfas de un insecto por hoja, y tardo 5 días en cubrir todo el huerto, los sectores a los cuales llegué el último día ya van a tener un número mucho mayor de ninfas. 

Además, las aplicaciones de bajo volumen consiguen un mejor cubrimiento, porque se trabaja con gota más fina. Se logra una mayor eficiencia en el aprovechamiento del agua y se reduce la deriva, o sea la parte de la solución que se pierde porque no llega a su objetivo o es arrastrada por el viento. 

La distancia a los lugares de abastecimiento en predios grandes suele ser considerable. Eso no solamente se traduce en tiempo, sino además en gasto de combustible y desgaste de los equipos.

En cuanto a la mano de obra, en este caso especializada, reducir el tiempo que toma la aplicación significa aumentar su productividad y disminuir su exposición al agroquímico. 

Finalmente esto se resume en controlar todos los parámetros que producen mayor deriva, para evitar que el producto vaya a un lugar que no le corresponde. Si no soy eficiente, estoy botando el producto contribuyendo a una contaminación indirecta, lo que buscamos es reducir el impacto ambiental con un menor consumo de agua y plaguicida.

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